Dos de los nuestros, Miguel Ortiz González, uno de los hombres más cultos que ha producido Vícam, tierra de gente culta, y Diego Rodríguez Landeros, parte del Staff del Vícam Switch, se unen en este texto en el que el primero, Miguel, desmenuza la reciente novela del segundo, de Diego. Disfrute este ameno texto y luego, si quiere, lea la novela porque será lo mejor que haya leído en este 2020.

Desagüe, la opera prima de Diego Rodríguez Landeros en el género de novela, es al mismo tiempo sencilla y ambiciosa. Supongo que es una de las que suelen denominarse “novela total”, pero está escrita con un estilo relativamente convencional y sin artificios vanguardistas o experimentales; pretende ser moderna, y lo logra, pero sin que resulte en detrimento de las formas clásicas de la narración. Ésta transcurre fluida y deliciosamente entretenida sin que en lo absoluto la novela pueda ser considerada como “light” o complaciente y facilona para con sus eventuales lectores. Es, lo digo sin dudarlo, una historia que te atrapa desde el principio y que se deja leer con interés creciente, no obstante que algunos la considerarán, con razón, enciclopédica y erudita en lo que se refiere a datos y pasajes históricos. Desfilan por los principales pasillos de la novela, destacados personajes reales que son enigmáticos y deslumbrantes, lo que los hace muy atractivos en términos históricos y novelísticos.

Es, creo, una novela predominantemente histórica (una historia general de las inundaciones y los sistemas hidráulicos en los lagos del Valle de México desde los inicios de la Conquista, pasando por el Porfiriato y hasta la actualidad, con interesantes alusiones a los sistemas pluviales precortesianos y, sobre todo, a los intentos casi siempre fallidos de lograr la total desecación de la Ciudad de México). Al mismo tiempo, es una historia intimista, la de la relación de una pareja de enamorados, Indra e Ixtab, nombres simbólicos, particularmente el segundo que hace alusión a la diosa maya del suicidio: la novela inicia como un recorrido que hace Indra desde el inicio del  Gran Canal de Desagüe del Valle de México (el kilómetro Cero está tentativamente en la actual Avenida Congreso de la Unión, vecindades del Palacio de Lecumberri),  siguiendo su curso hasta su desembocadura en la Caja Colectora en Zumpango, lugar donde ella se inmola, podemos imaginar que por una combinación de razones existenciales  con un difuso y vago sentido ceremonial relacionado con la cosmogonía azteca, forma de sacrificio que está sugerido en el título del libro que puede ser traducible por algo parecido a “muerte por agua”. Y es que el agua tiene entre sus más esenciales símbolos el de la vida y el movimiento, o sea la vida que fluye. Por contraste y contrapunto, desagüe sería lo contrario, muerte e inmovilidad. De esta manera la historia del Canal y el desecamiento y fin de los lagos del Valle se asocia en términos simbólicos con la muerte del personaje femenino, Ixtab.

La novela es también una historia aparentemente fantástica, aunque en rigor no lo es tanto porque, entre otras cosas,  las alusiones a la “Bestia del Apocalipsis” se refiere a la forma de monstruo serpentino  del Gran Canal que Indra ve durante las febriles noches en que consulta las imágenes satelitales del Google Maps, y alude también a  las fantasías y delirios del ingeniero/espía holandés Adrián Boot, personaje crucial junto a Enrico Martínez, el cosmógrafo del rey Felipe II que fue comisionado para dar cuenta a la Corona Española de las especificidades climáticas, orográficas y astronómicas de la Nueva España, pero cuya función y actividad principal fue en realidad la de intentar resolver el problema crónico de las inundaciones del Valle de México. Intento por cierto vano que le implicó –así lo relatas-, 25 años de su vida a partir de 1607, tras lo cual murió obsedido y frustrado siempre ante lo infructuoso de las grandes obras hidráulicas que emprendió sin un éxito total. Encuentro, Diego, que todo esto está tan eficazmente narrado que seguramente hará la delicia de los ojos que tengan la fortuna de leerte.

Releyendo el libro reparo en una nota que escribí al margen: “Genial este capítulo: el que más me ha gustado; el que considero más sabroso y mejor escrito”. Es el capítulo XXXVII de la segunda parte, “La Historia de Dios”. No resisto reproducir los dos párrafos que en concreto me parecen verdaderas astucias literarias, en términos de Ricardo Garibay:

“Esa tibia mañana de 1891, sentado en su pulcro retrete del Castillo de Chapultepec, Porfirio Díaz amasaba una vez más la fantasía de transformar el infecto lodazal del Valle de México en un jardín afrancesado.

“El ecosistema lacustre de la región seguía siendo una presencia avasalladora, las aguas negras se acumulaban en la periferia urbana y las calles se inundaban en temporadas de lluvia. Desde siglos atrás, una calamidad líquida amenazaba con sus miasmas a la Ciudad de los Palacios. Pero esa mañana Díaz defecaba tranquilo y con gesto soñador” (p.133).

Párrafos como los anteriores son los que disfrutarán tus, espero, muchos lectores. Ojalá que la cantidad de éstos corresponda a la factura y calidad de esta espléndida historia.

Debo reconocer que el inicio de la novela me desconcertó (aunque también me intrigó) por la vaguedad abstracta y un tanto mística con que vas soltando la información que irá dando forma a la historia concreta y realista. Solamente hasta el final de la historia adquirirá su verdadero sentido ese mencionado inicio: “Aspiren y aguarden. Con mis dos caras, cuatro ojos y dos bocas contaré algo. Yo lo sé todo…”

La historia de Dios, el que da nombre a la segunda parte del libro, me pareció fantástica. También, al principio me desconcertó pues no sabía bien a bien a qué te referías por “Dios”, si a Dios con mayúscula doble o a un dios de otro tipo y de sentido real o figurado (por ejemplo, el apelativo o nombre de algún personaje de la historia). Es genial cómo lo resuelves en forma tan paulatinamente sostenido hasta que se revela el sentido del nombre: cómo vas soltando el sentido figurado y conceptual de la creación, del demiurgo, de tu alter ego, del narrador, de la concepción de la novela, del creador de la historia… Este tema y este personaje son lo más polivalente y rico de tu novela; es, creo, donde más aportas técnicamente, donde más innovador de ves.

En cambio, El Murciélago, recreado por Dios, según nos lo indica el narrador de la novela, creo que, aunque como personaje es interesante y verosímil (es narrador oral), en cambio su historia (dentro de la propia novela), ´La Prisión´, siento que arranca fuerte y muy entretenida, pero llega un punto en se va perdiendo y apagando hasta quedar suelta e inacabada. Tengo la sensación que esto no hubiera ocurrido si hubieses abreviado esta sub o intrahistoria que, por cierto, me recordó a Cervantes. También, el tema de la sub trama me remitió a Arreola y, por supuesto, a Kafka.

Si me disculpas la arrogancia, déjame decirte que me quedé con la sensación que pudiste haber sugerido un poco más las motivaciones que tuvo Ixtab para su suicidio (aunque aludiste que unos “pólipos malignos le crecían en el colon” y que “el caos”, o sea la locura, la rondaban “–un caos que mezclaba la hostilidad del mundo con la asfixia de su infancia”. (p. 52). Quizás deliberadamente no diste más elementos a efecto de que fuésemos los lectores quienes lo imagináramos. No estaría mal. Hemingway utilizó mucho este recurso para darle participación activa al lector.

En la p. 53 hay una frase que me deslumbró por su sencillez y belleza, y se refiere a Ixtab: “Se sentía orgullosa de su cabeza, de sus orejas pequeñas, de los rasgos armónicos de su rostro”.

Hay otros personajes atractivos del presente y del pasado, que son dignos de reseña, pero ahí lo dejo, para mejor hacer algunas pequeñas observaciones:

En la página 28 se lee en el segundo párrafo: “…perderse en los intrincados callejones del mundo y languidecer en sus rincones”. A mí me hubiera gustado más leer: “…perderse y languidecer en los intrincados rincones y callejones del mundo”. Pero no estoy seguro porque la sintaxis depende de intenciones y factores subjetivos como el ritmo, la eufonía y el sentido de la musicalidad de las palabras. En este caso parece que tu intención fue manejar por separado “perderse en los intrincados callejones” y “languidecer en sus rincones” (del mundo).

En la p. 29, aparte de “los recuerdos olvidados” (segundo párrafo) que me parece un bello oxímoron, se lee en el párrafo tercero: “…un viaje lleno de umbrales maravillosos. Primero el de la boca de un túnel, luego el de la asfixia, después el de la putrefacción”. La locución “umbrales maravillosos” me parece una bella figura literaria, al igual que “…la vio irse como un pez dorado en un retrete”, al inicio de este mismo párrafo. Lo que supongo que no es tan “maravilloso” es la sensación de “asfixia” ni de “putrefacción”. A menos que la expresión “maravilla” aluda a lo extraordinario, al margen de si esto es agradable o no. Parece que la RAE lo vincula solamente a lo grato y positivo.

En la misma p. 29, todo el segundo párrafo me parece de una gran belleza poética. Sin embargo, me pareció que la última frase “Sólo (por cierto, le faltó el acento diacrítico) resta calentar el agua para el té por si alguien regresa esta noche a casa”. Creo que hubiera sido más preciso decir “Sólo resta mantener caliente el agua para el té…”.

Llamó mi atención el uso del vocablo “favela” que en México (donde se desarrolla la historia) tiene su equivalente a “barrios bajos” o “ciudades perdidas”.

Finalmente, quisiera subrayar que un valor extra de la novela es que uno se entera con detalles interesantes acerca de cómo estaba diseñada Tenochtitlán y sus sistemas de ingeniería hidráulica, incluidos los criterios militares y de guerra, de cómo influyó ese diseño en favor de la caída de la ciudad en manos de los españoles, etc. Los tres pequeños planos del Valle de México incluidos al inicio del libro, son un plus decisivo para ilustrar al lector acerca del desarrollo de la historia que se narra: la zona lacustre de la Cuenca (ser aprecian los cinco lagos: de Texcoco, de Xochimilco, de Chalco, de Xaltocan y de Zumpango), la mancha urbana de la CDMX y sus alrededores, así como el plano del Gran Canal del Desagüe del Valle de México.

Muchas felicidades a Diego, por su muy afortunada novela. Lo probable y justo es que en futuras historias de la novela en México aparezca en las listas de las obras destacadas creadas en la segunda o tercera década del siglo XXI. Me gustó mucho su trabajo creativo. Yo creía que su carrera profesional en el campo de la literatura se encaminaba en forma clara hacia el Ensayo, al estilo de Montaigne, pero veo que también en la novela tiene cosas interesantes qué ofrecer. Hago votos porque su siguiente novela confirme al escritor formado que ya es.