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Mes: septiembre 2019

De todo y sin medida

Este artículo fue publicado originalmente en CRÓNICA SONORA el 6 de noviembre de 2018. Lo re-publico aquí con motivo del reciente fallecimiento de José José.

Nuestro país, como dice ese gran filósofo llamado José José, ha rodado de aquí para allá y ha sido de todo y sin medida. Ha sido colonia española, imperio, república, dictadura, país revolucionario, agrarista, desarrollista, populista, keynesiano, neoliberal y ahora quién sabe qué. A pesar de esa gran variedad de modelos sociales, el país sigue siendo el mismo de siempre porque tiene una especie de resiliencia que hace que todo siga igual a pesar de gritos y sombrerazos. No hay proyecto, por maravilloso que sea, ni tragedia catastrófica, que no terminen en nada. Si Dios padre en persona viniera a México (cosa muy improbable) e instaurara su propio proyecto de desarrollo, bastaría un sexenio para ver las señales del fracaso. En este sentido, todas las corrientes políticas tienen derecho, no a impulsar sus propios proyectos, sino a demostrar que también pueden fracasar, que no hay propuesta que no naufrague en las aguas heladas de ese barroquismo nacional que hace que todo sea fatuo fuego de artificio.

Todos los gobiernos, por lo menos desde Lázaro Cárdenas para acá, han despertado grandes ilusiones entre el pueblo mexicano. Pero esas esperanzas se han desvanecido pronto ante el empuje de las barreras culturales que nos hacen refractarios al progreso, de las medidas equivocadas (algunas francamente estrambóticas) y de la tremenda corrupción con la que la clase política ha saqueado alegremente al país.

Estoy convencido de que el gobierno de la cuarta transformación está movido por la buena fe y por un espíritu transformador. Palpo que su auténtico deseo es que México supere los vicios y las inercias del pasado y quiere reconstruir su tejido social, tan deteriorado. Yo, que suelo estremecerme poco, me estremezco de solo pensar que al final del sexenio estemos una vez más lamentando el predominio de esa ley de hierro que dice que no hay proyecto nacional, por maravilloso que sea, que no termine en fracaso.

¿Por qué habría de terminar en fracaso un proyecto en el que han participado con tanta emoción y como nunca tantos millones de personas? Por dos razones, según lo veo yo. La primera es porque a ese barco se han subido muchos vividores, personajes que por décadas han navegado en las procelosas aguas de la corrupción, la componenda, el autoritarismo, el fraude y el servilismo, especialistas en adaptarse y hasta parecer auténticos si así lo exigen sus intereses. No doy la lista nada más para ahorrar espacio, pero estoy seguro que todos saben quiénes son. La segunda razón por la que puede fracasar el proyecto será por los errores que pueden cometer.

Hasta donde entiendo, la cuarta transformación se puede resumir en dos objetivos generales: uno, la reconstrucción del estado de derecho (básicamente el fin de la impunidad y de la corrupción, la seguridad, la austeridad republicana y la confianza en las instituciones); y dos, la transformación de las bases de la economía para que el país, además de adaptarse y participar en las transformaciones que están en curso a nivel global, construya una sociedad más justa que ponga fin a la pobreza y a la extrema desigualdad que laceran a la nación desde siempre.

Me voy a referir solamente al problema de la pobreza. El error que percibo es que el gobierno de la cuarta transformación cree que se hace justicia social repartiendo dinero. Esos programas han existido por décadas y nunca han sacado a nadie de la pobreza. Lo que sí han producido son incentivos perversos que la refuerzan.

Vea usted: se quiere apoyar a 2.3 millones de jóvenes, a 8 millones de ancianos, a 6 millones de discapacitados y a cerca de 5 millones de estudiantes. Todos esos apoyos tendrán un costo aproximado de casi 400 mil millones de pesos al año, pero cuando termine el sexenio y llegue un gobierno que no valore tanto esas políticas, esos desamparados volverán a ser tan desamparados como antes.

Yo me pregunto por qué no se diseña un único proyecto contra la pobreza y se desaparecen los más de 6500 programas asistencialistas que ahora operan y se liberan recursos, para financiarlo, transformando profundamente la administración pública, como corresponde a una verdadera transformación.

El proyecto contra la pobreza podría ser una política de Estado que consista en dar a todos los niños y adolescentes de México (desde la gestación hasta los dieciocho años), primero, alimentación abundante, saludable y nutritiva; segundo, educación de calidad para formar seres humanos libres, solidarios, críticos y competitivos, y tercero, salud integral. Eso permitirá atender el aspecto coyuntural porque las familias más pobres recibirán un subsidio directo que no podría ser superado por ningún otro, la alimentación de los hijos; también permitirá enfrentar el aspecto estructural de la pobreza porque en veinte años tendremos generaciones de personas libres en pleno uso de sus facultades físicas y mentales (de lo contrario, tendremos millones de débiles mentales, incapaces de competir, de colaborar e incluso de imaginar un mundo mejor, formados por la desnutrición que afecta a muchos millones de niños actualmente). La propuesta completa para acabar con la pobreza, con eje en los niños y adolescentes de México, la puede leer en:http://vicamswitch.mx/edicionimpresa/.

Mientras esto sucede, el país podría dedicar los pocos recursos que tiene a la construcción de infraestructura para el desarrollo: carreteras, ferrocarriles, presas, puertos y aeropuertos, parques industriales y el embellecimiento de pueblos, ciudades y rancherías…

Desde luego que hay un problema muy grande: ¿de dónde va a salir el dinero? Porque tiene que salir de algún lado, incluso para financiar las políticas erradas. Veo dos fuentes de recursos. Una podría ser la tan pospuesta reforma tributaria, una que evite y penalice la evasión fiscal, que reduzca el costo recaudatorio y que de más eficiencia al sistema. En este último sentido, se trataría de eliminar aspectos que solamente benefician a los más ricos, como las deducciones, exenciones, tasas cero y diferenciales, así como el burocratismo que todos padecemos. Hasta donde veo el asunto, la reforma fiscal debería simplificar el sistema reduciendo todos los impuestos existentes a tres: un IVA generalizado (puede ser del 10 o 12 por ciento), un ISR reducido con un deducible que apoye a los pequeños contribuyentes o estimule la generación de empleos y un conjunto de impuestos municipales (multas, predial, tenencia, a la gasolina, etc.) para financiar el desarrollo local.

La otra fuente de recursos para financiar el proyecto puede ser la restructuración del Estado. Hay aquí al menos dos áreas sustanciales cuya reforma ahorraría dinero del presupuesto federal. Una es la reducción drástica de los organismos autónomos como el INE (reducir la burocracia y eliminar el financiamiento a los partidos políticos), las comisiones de todo tipo y el congreso federal. Respecto a esto último, se puede reducir el congreso a 101 diputados y 32 senadores. La otra área de restructuración del Estado es la administración pública federal, que tiene gastos injustificables, como el de publicidad, y de gran dispendio, como el de las compras gubernamentales. También el número de secretarías de estado es innecesario; se podrían dejar solamente cinco y sería suficiente: Gobernación, Relaciones Exteriores, Hacienda y Crédito Público, Desarrollo Social y Defensa Nacional.

Miguel Hidalgo no hubiera podido emprender la primera transformación sin arriesgar la vida (ya ve usted que al final lo fusilaron en Acatita de Baján y su cabeza fue exhibida en una de las esquinas altas de la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato) y sin embarcar a México en una larga guerra interna y externa; Benito Juárez no hubiera podido llevar a cabo la segunda transformación sin la separación drástica del Estado y la iglesia y sin defender al país de la invasión extranjera; Francisco I. Madero emprendió la tercera transformación no sin meter al país en una larga y sangrienta revolución. Lo radical aquí, para fortuna nuestra, no es la guerra o la paz, sino la amplitud y profundidad de las medidas tomadas. La cuarta transformación demostrará que hemos sido de todo y sin medida para terminar siendo nada, si no hace las cosas radicalmente distintas a como se han hecho hasta aquí.

AMLO, el “empresario”

Como dice Maximiliano García (La Jornada, 26 de septiembre del 2019), en el caso de las empresas donde se le “hizo” socio al Presidente, denunciado por él mismo en la mañanera, hay algo raro.

Una posibilidad es que el Presidente mienta, lo cual no es inverosímil. Hace unos días dijo que Mexicanos Contra la Corrupción (mexicanos a favor de la corrupción, les llamó) “nunca habían dicho nada” sobre la corrupción de gobiernos anteriores, cuando fueron ellos, junto con el portal Animal Político, los que hicieron la investigación llamada La Estafa Maestra en tiempos de Peña. Después dijo que el ministro en retiro José Ramón Cossío asesoraba a los que se oponen al aeropuerto de Santa Lucía y cuando el ex ministro lo desmintió, simplemente dijo que no sabía, con lo que confesó que dice las cosas por decirlas, sin saber, nada más porque “su pecho no es bodega”. También dijo que Bartlett era santo y puro, cuando el nefasto personaje (acusado hoy de poseer 20 casa como la Casa Blanca del peñismo) es el mismo que organizó el fraude para beneficiar a Salinas (ver el artículo de Témoris Greko: https://bit.ly/2nEUgkQ) y el mismo que amenazó a Vicente Rojo de asesinarle a las hijas, amenaza hecha a través de Zorrilla, su empleado de entonces, preso ahora por el asesinato del periodista Manuel Bendía en 1984 (https://bit.ly/2mb9YUr).

La segunda posibilidad es que haya un fraude de grandes magnitudes con lo que el caso se convierte, no en un asunto de denuncia política, en la mañanera, sino de denuncia penal. Toda empresa, aunque sea fantasma, debe registrarse ante notario público y el funcionario debe verificar personalmente la identidad de los que firman. Además, deben registrarse ante la Secretaría de Economía, ante Relaciones Exteriores y ante el SAT, que tiene a resguardo los documentos y allí, en ellos, debe estar anotado quién es el notario y quienes los funcionarios que validaron el proceso. Ese trámite lo hicieron 26 veces (uno por empresa) y en todas ellas se presentó alguien ante los funcionarios responsables que dijo llamarse Andrés Manuel López Obrador. Y uno se pregunta, ¿cuál es la probabilidad de que un notario y unos funcionarios ignoren quién es Andrés Manuel López Obrador? La verdad, es que cero.

Así que lo que procede es que el SAT (o la presidencia) denuncie ante la fiscalía e informe quién es el notario, quiénes son los funcionarios y que personajes hicieron el registro. Punto.

¿Libertad de expresión o corrección política?

¿Qué es más importante, qué va primero, la libertad de expresión o lo políticamente correcto? Viene al caso esta pregunta porque en estos días se han discutido expresiones que se han debatido públicamente desde la perspectiva de lo políticamente correcto. Además, el ánimo del debate es persecutorio y de linchamiento. Es el caso de Mireles, de la piloto de Interjet y de Pedro Salmerón.

Mireles, recurriendo a su bagaje cultural, que es rústico y vulgar, en el marco de su desempeño como delegado del Issste en Michoacán, se refirió a las mujeres que buscan una plaza a través de líderes sindicales, como “pirujas” y “nalguitas”.

Ximena García, piloto de la empresa Interjet, dijo en Facebook que se debería dejar caer una bomba en el Zócalo capitalino. Mostraba así su desacuerdo con el actual gobierno y lo llevaba, en un arrebato, al extremo del “deseo” de matar a cientos de miles de personas seguidoras del Andrés Manuel López Obrador y al Presidente mismo. Aunque del dicho al hecho media un trecho, el dicho muestra el tipo de sentimientos que entre sus pocos adversarios despierta el proyecto del Presidente.

Pedro Salmerón, en su papel de Director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM) hizo una apología de los guerrilleros de la Liga Comunista 23 de septiembre, que en 1973 mataron a Eugenio Garza Sada y los llamó “jóvenes valientes”.

¿Tienen estas personas derecho de emitir su opinión de manera libre y sin censura, aunque hayan sido producto de su estolidez, más que del razonamiento?

Recurro a tres fuentes que privilegian la libertad de expresión sobre lo políticamente correcto:

La primera enmienda a la constitución de los Estados Unidos, haciéndose, quizá, eco de aquella frase en que Don Quijote de la Mancha le dice a Sancho Panza que “La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra se puede y debe aventurar la vida”, promulga que la libertad de expresión es un derecho tan preciado que le prohíbe al Congreso de aquel país hacer ley alguna que limite esa libertad.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos que, en su artículo 19, dice que “todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

Por último, está esa famosa frase atribuida a Voltaire, pero que en realidad es de su biógrafa, Evelyn Beatrice Hall (1906, Los amigos de Voltaire), que dice: “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. En ella se exalta la libertad de expresión y se convoca a defenderla incluso si no se está de acuerdo con lo que se dice.

No estoy de acuerdo con las expresiones emitidas por Mireles, García y Salmerón. Son en realidad lamentables y a tal extremo incompartibles que resulta un esfuerzo enorme insinuar cualquier tipo de defensa de esas personalidades tan disímbolas.

Sin embargo, la andanada mediática fue tan fuerte que el respetable pedía el cese de Mireles, el despido de García y que Salmerón renunciara y pidiera perdón. A Mireles el Presidente lo mandó a tomar un curso, a García le están analizando su estancia en la empresa y Salmerón pidió perdón y renunció. Antes de ellos, en los tiempos de Peña Nieto, Nicolás Alvarado tuvo que renunciar a Radio UNAM porque dijo que el vestuario de Juan Gabriel era naco.

Mi opinión es que en un puesto, cualquiera que sea, la permanencia de las personas debe estar normada por lo que sepan hacer. Si Mireles comanda bien al Issste en Michoacán (mientras no quiera cobrar en especie a las mueres la atención en esa institución), si Ximena mantiene los aviones en el aire, despega y aterriza sin novedad (mientras no se niegue a trasladar por los aires a los partidarios del Presidente) y si Salmerón es un buen historiador (mientras sea responsable de lo que dice en lo personal y deje a la institución al margen), pues que se queden en su puesto, por mucho que detestemos lo que piensen y digan. Porque al paso que vamos, la sociedad mexicana exigirá, como requisito de permanencia en los puestos, que las personas, además de hacer bien las cosas, digan puras cosas que le endulcen los oídos al respetable.

En las Cámaras federales y estatales hay, con frecuencia, derroche de incorrección y nadie pide el despido de los diputados y senadores. Y está bien, porque se debe privilegiar la libertad de expresión sobre la corrección política que exigen las hordas que campean en las redes sociales, aunque sea deseable y necesaria también un poco de compostura de los actores públicos, sociales y privados.

La impostergable Nueva Independencia

Aprovecho el 209 aniversario de la Independencia Nacional para proponer la necesidad de emprender un proceso (largo y sinuoso) para lograr una nueva y definitiva independencia de México. Desde siempre, la relación con los Estados Unidos ha sido de humillación, despojo e insulto, pero ahora es peor porque en la presidencia de aquel país está Donald Trump, un individuo abusivo, agresivo, agreste, antiestético, antipático, arbitrario, autócrata, belicoso, bravucón, bronco, brusco, bufón, Calígula, camorrista, canalla, charlatán, chiflado, colérico, corriente, cretino, delirante, demente, deplorable, desagradable, desastre para el mundo, descortés, desequilibrado, deshonesto, despótico, despreciable, desquiciado, dictador en potencia, discriminatorio, ególatra, embustero, enajenado, enfermo, engañoso, estafador, fascista, falaz, fanático, fanfarrón, grotesco, hipócrita, hostil, idiota, ignorante, imbécil, impulsivo, inculto, infeliz, injusto, inmoral, insociable, insolente, intolerante, intransigente, intratable, inurbano, jactancioso, loco, macho, majadero, mal vecino, maniático, manipulador, maquiavélico, mentiroso, miserable, misógino, narcisista, necio, nefasto, neurótico, ofensivo, orate, ordinario, paranoico, patán, payaso, pedestre, pendenciero, perturbado, petulante, pretencioso, provocador, sicópata, racista, repelente, repulsivo, ridículo, rudo, sexista, sociópata, soez, testarudo, tirano, tramposo, vanidoso, violento, vulgar, xenófobo, zafio, zopenco… y, además, feo (David Herrerías Guerra, Milenio, 2 de febrero de 2017: https://bit.ly/2FO9p8Q).

Ahora, la potencia del norte ha puesto a México, quizá no legalmente, pero sí en los hechos, en el papel de “tercer país seguro”, como eufemísticamente se le llama a convertir a un país en el gendarme migratorio de otro. Ahora es México el que protege las fronteras de los Estados Unidos… o se atiene a las consecuencias. La respuesta de México ha sido, si no es que cobarde, por lo menos tímida.

Pero no culpemos al gobierno antes de analizar la tremenda dependencia, sobre todo económica, de México respecto de los Estados Unidos. Hay un dicho mexicano que dice que no se deben poner todos los huevos en la misma canasta, pero justamente esto es lo que ha hecho México a lo largo de los años.

El intercambio comercial entre los dos países es por 900,000 millones de dólares al año (unos 2,500 millones de dólares diarios). A eso habría que añadir los intercambios culturales y diplomáticos, las becas a estudiantes, la migración, las acciones conjuntas, las transferencias de los migrantes y el empleo de los mexicanos en aquel país. Esos números equivalen a casi el 80% de las exportaciones de México y al 51% de las importaciones.

La amenaza del arancel de 5% equivale, por tanto, a un costo de más de 17 mil millones de dólares, que representan un 1.5 por ciento del PIB de México.

La imposición de aranceles no afectaría solamente a México. Incluso, muchos especialistas aconsejaban al gobierno de México que dejara que Trump pusiera los aranceles para que sufriera él mismo las consecuencias. Una gran cantidad de personas de aquel país viven de lo que le venden y compran a México y cualquier medida punitiva los afecta también a ellos. En poco tiempo, Trump tendría en su propio país una ferte oposición a su política comercial hacia México.

Pero no toda la relación con los Estados Unidos es de dinero. México podría condicionar su participación en áreas estratégicas de cooperación binacional, como la lucha antiterrorista, antidrogas, el tráfico armas y de personas, cooperación financiera, intercambios transfronterizos de agua y electricidad. México podría suspender alguna o algunas de esas acciones al presentarse cada amenaza. Además, se puede dejar en manos de los Estados Unidos la comprobación de la ciudadanía mexicana de cada inmigrante indocumentado que quieran expulsar de su país, lo que atascaría sus aduanas.

Como ya lo han sugerido muchos analistas del área internacional, México podría usar sus consulados para hacer una intensa promoción del país allá y denunciar los actos abusivos de sus autoridades. Además, se podría hacer una alianza con el más de un millón de norteamericanos que viven en México para afrontar los insultos del presidente de aquel país.

La pregunta, ante este escenario, es: ¿Qué tendría que hacer México para superar esa dependencia de manera definitiva?

La idea básica sería, primero (aunque no necesariamente en ese orden), convertir a México en una país civilizado (no necesariamente rico) y, segundo, la diversificación del comercio mexicano.

La diversificación no es fácil porque tenemos una ventaja de localización sobre todos los demás países (a excepción de Canadá). Reconvertir las direcciones de los flujos de comercio tendría también un costo, pero a la larga los costos asociados (no necesariamente económicos) serían mucho menores.

La política de construir la civilización que no tenemos y recomposición de los flujos comerciales debe estar complementada con un proyecto de largo que implica las siguientes transformaciones:

Primero, reconstruir el estado de derecho para combatir en serio la impunidad, la corrupción y la violencia que asola al país y tener un marco jurídico-institucional para la impartición eficiente y honesta de justicia.

Segundo, estimular una economía dinámica, sustentable (que quiere decir respetuosa del medio ambiente) e innovadora. No se trata solamente de destinar todos los recursos posibles a la construcción y modernización de la infraestructura (puertos, aeropuertos, carreteras, ferrocarriles, parques industriales), sino también de medidas legales y culturales como la regulación de las actividades productivas y comerciales, la protección a los derechos de propiedad y la eliminación o reducción de la gran mayoría de los requisitos para emprender negocios.

Tercero, impulsar una reforma fiscal integral que reduzca la tasa impositiva y el número de impuestos, que elimine exenciones y deducciones, que prevenga la evasión y la elusión fiscal y eleve la base gravable.

Cuarto, combatir en realidad la pobreza que, en México, depende en parte de la economía y en parte de la desigualdad. El proyecto tendría que generar medidas antipobreza estructurales y no el simple reparto de dinero que sí alivia la penuria de los que menos tienen, pero que conforma mercados de votos cautivos para el partido en el poder.

Quinto, impulsar una transformación de los aspectos negativos de la cultura mexicana como la falta de respeto a la legalidad, a las demás personas y al medio ambiente, la simulación y la desidia.

Se necesita, en resumen, de una nueva independencia que no se construiría de la noche a la mañana, pero en algún momento se debe de emprender.

¿Queremos ser independientes, dejar de ser humillados, construir un gran país y dejarles a las futuras generaciones una nación de la que se sientan orgullosas? Pues el pueblo mexicano tiene que empezar ahora, emprender cambios que serán muy difíciles y pagar los costos que tenemos que pagar. No hay otro camino.

El Vícam Switch en la mañanera

La mano alzada es la del representante del Vícam Switch, que al final se tuvo que ponerse diclofenaco en el hombro para amortiguar el dolor que le causó el esfuerzo de mantenerla así, alzada, por una hora.

Sin pensarlo dos veces, le tomamos la palabra a Brianda Vazquez (que nos hizo el favor de realizar las gestiones) para asistir a la conferencia mañanera del Presidente López Obrador. Habíamos hecho gestiones ante la oficina de Jesús Ramírez Cuellar, jefe de comunicación social del gobierno federal, pero de esas gestiones no recibimos ni siquiera un rotundo no. Simplemente nos ignoraron. Así que no podíamos perder la oportunidad de estar en la mañanera realizada en Hermosillo este 2 de septiembre.

Preparamos meticulosamente las preguntas. Tenemos decenas de cosas que preguntar al Presidente, pero se nos dijo que, si acaso nos daba la palabra, podríamos hacer solamente dos. ¿Cómo resumir los miles de problemas de las comunidades yaquis en general y de Vícam en particular en dos preguntas? Por fin nos decidimos por las siguientes:

  1. ¿Tiene su gobierno un plan de desarrollo económico y social para las comunidades yaquis? Hay que acotar que ese plan debe tener cinco líneas generales para ser tal:

Primera, el respeto del territorio que se les otorgó en el decreto cardenista de 1940 y que incluye la Cuchilla y otros territorios incautados o robados.

Segunda, la dotación de la cantidad de agua que marca el decreto mencionado y de la cual solo le llega a la comunidad el 60%, es decir menos de 150 millones de metros cúbicos al año de los 250 que deben llegar.

Tercera, la recuperación de las tierras hoy rentadas para impulsar un sistema financiero-operativo que las trabaje y coordine las actividades para que vuelva a haber liquidaciones (ganancias de fin de ciclo) por las cosechas.

Cuarta, el impulso y reordenamiento de las otras actividades primarias, como la ganadería, la pesca, la silvicultura y

Quinta, el impulso de actividades económicas no primarias en el territorio, como las industriales, comerciales y otros servicios. Eso le daría una alternativa a los miles de personas que cada madrugada salen a tomar camiones que los llevan a trabajar a las maquiladoras de Guaymas y Empalme, arriesgando la vida, abandonando a sus hijos y ausentándose sustancialmente de la vida comunitaria.

2. ¿Tiene usted un plan para restablecer el orden, la paz, la seguridad pública y el imperio de la ley en las comunidades yaquis? No puede haber allá desarrollo económico y social sin que prevalezca la ley. Vícam, señor Presidente, es un desgarriate, como lo son todas las comunidades yaquis. Allá no hay cárcel, la policía en el mejor de los casos es indiferente ante los hechos y no hay ningún mecanismo legal e institucional que complemente los usos y costumbres, que haga cumplir las leyes y que dé seguridad a la ciudadanía y certeza a los negocios que generen empleos. Si alguien quiere denunciar un delito, debe salir de las comunidades yaquis, ir a Bácum o a Guaymas, donde los agentes de la ley le dicen que no quieren problemas con la tribu yaqui, como si los yaquis fueran opuestos a la ley y al orden y no las víctimas que realmente son, como todos los demás. En las calles, señor Presidente, se pasean las bandas armadas con toda impunidad e intimidando a la población. No se trata solamente del crimen organizado, sino también de personas que se aprovechan los usos y costumbres para delinquir.

Quisiéramos saber, señor Presidente, cuál es su opinión respecto a estos dos asuntos.

Por principio de cuentas, no nos dieron la palabra. El Presidente decidió que alternaría la palabra entre un medio local y otro nacional. La decisión fue desproporcionada porque los locales eran la inmensa mayoría.

Como redujo el tiempo a una hora, solamente cinco personas preguntaron. Desde luego, no faltó la que tomó el micrófono y no lo quería soltar.

De la hora dedicada a la mañanera, veinte minutos se usaron en “informarnos” sobre el retraso en la carretera internacional y la promesa de que Germán Larrea atenderá los derrames de la minería. Tomó el micrófono uno que iba con él y destinó mucho tiempo para decir qué gasolineras son las más caras y las más baratas, como si los allí presentes no supieran el robo en descampado que se comete en la estación donde te pares.

Otra parte muy sustancial del tiempo lo utilizó el presidente para decir, como si fuera inédito, que estaba acabando con la corrupción, que ya las cosas no son como antes y que sus “asesores”, el pueblo, le había dicho que no mandara el dinero (así, como si el dinero fuera de él) con los funcionarios porque se “lo clavaban”.

Al final, los periodistas rodearon a Alfonso Durazo, el Secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, y se le hizo la pregunta sobre seguridad. Alfonso, quizá llevaba prisa, porque contestó con una generalidad que uno oye todos los días en los medios. Dijo que “el gabinete de seguridad se reunió en Guaymas con la gobernadora y la alcaldesa y que se habían acordado mecanismos para abatir la delincuencia, y eso –concluyó– incluye a Vícam”.

 

 

 

 

 

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