Si usted es un gobernante con mucho poder, si su partido controla los otros poderes, puede proceder de la siguiente manera:
Primero, si los jueces muestran una marcada independencia o no le gusta cómo imparten justicia, cree una entidad que controle el Senado para juzgar a los juzgadores.
Segundo, si el federalismo y el espíritu republicano es un asunto solo de barniz, pero en realidad le causa inconvenientes, apruebe un código penal único y federal. Esto tiene la ventaja de que si usted está en contra de los temas liberales básicos (despenalización del aborto, legalización de las drogas, eutanasia, matrimonios entre personas del mismo sexo y adopciones) no correrá el riesgo de que algún estado de la república legalice algunos de esos tópicos.
Tercero, no hay mejor cosa para controlar a la población (y sobre todo si se empiezan a alebrestar) que mantenerla con un poco de miedo. Para eso, puede mandar aprobar leyes que conculquen (quiero decir, que eliminen o menoscaben) los derechos humanos. Por ejemplo, puede legalizar el arraigo. Así, podrá meter prisionero a quien quiera mientras recaba las pruebas de su culpabilidad.
Cuarto, legalice también la la extinción de dominio. Así, el arraigado podrá perder sus bienes, aunque sea inocente o pasar por un viacrucis para recuperar sus propiedades (es seguro que el despojado jamás vuelva a ser el mismo y no sentirá de nuevo la tentación de meterse con el Poder).
Quinto, para cerrar el círculo, apruebe una ley que diga que los jueces no podrán desechar las pruebas presentadas por el fiscal, independientemente de cómo se hayan obtenido. Así, revivirá de los sótanos del poder los tan prestigiados métodos utilizados por el Negro Durazo, Gutiérrez Barrios y, desde luego, el ínclito Bartlett, métodos tales como la inmersión de la cabeza del acusado en las aguas del excusado, la asfixia, toques eléctricos y todos esas prácticas de la tortura. Así, acabará con el “debido proceso” que prescribe que todo acusado es inocente mientras no se le demuestre su culpabilidad y que tantos dolores de cabeza les causa a los poderosos.

Para aprobar leyes así, deberá tener la mayoría en las Cámaras. Si ya lo consiguió (aunque sea jalando a su corral a sinvergüenzas que siempre han vivido del presupuesto público), conserve esas mayorías, aunque para ello tenga que repartir cientos de miles de millones de pesos en programas que (dígalo, aunque no sea cierto) buscan acabar con la pobreza.

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