VicamSwitch

Fotógrafo
Armando Sánchez 

Director
Alejandro Valenzuela

 

Month: May 2020 Page 1 of 2

El Cochito

(Con enorme cariño para mi querida amiga Bertha Alicia)

Es casi imposible relacionar el amor con un marrano… Por entonces, 1976, llegó al CETA 26 un emisario del DGTA con la misión de aplacar una revuelta estudiantil. Mire compa –le dijo El Vaga– aquí todos somos marxistas–leninistas. Qué bueno, contestó el de la DGTA, porque los marxistas son científicos, no agitadores.
El Pablo Plascencia pidió la palabra. Desgarbado y muy parecido a Aniceto Verduzco y Platanares, se aventó un larguísimo rollo sobre las luchas revolucionarias y concluyó con una frase que la ganó los vítores y la admiración de sus compañeros. Si ser agitador, dijo con su natural elocuencia, es defender los derechos del estudiantado, ¡entonces soy agitador!
Con su enjundia discursiva, el encantador de masas encantó a la Bertha Cervantes. Muy pronto empezó el romance, que fue intenso, pero breve. Esa tarde, el Pablo pasó por la casa de doña Rana y vio allí, revolcándose en el lodo, a un cochito flaco y peludo. Quiso comprarlo, pero la Rana se lo regaló. Lo bañó, le puso un moño y fue a regalárselo a la Bertha.
Ella lo crió con cariño y lo hizo crecer. Deambulaba como si fuera el perro de la casa. El animalito era chipiloneado por todos… Excepto por don Roberto (el famoso Camalón) Cervantes, padre de la Bertha, que se imaginaba al cerdo sobre la mesa, tatemado a la vuelta y vuelta y en unión de la familia, parafraseando a Eulalio González Piporro, pellizcarlo con tortilla y rociarlo con cerveza hasta darle la puntilla. Ándale, Bertha, vamos a matarlo, decía don Roberto, y la Bertha terca a que no.
Pero un día, los novios tuvieron un pleito tan grande que, casi 45 años después, no se han vuelto a ver. Esa tarde, cuando llegó a su casa, dio la autorización que el Camalón tanto ansiaba. Por la noche, en medio de la algarabía familiar, y el ánimo funerario de la Bertha, cenaron carnitas de cerdo…

Como Alicia

La estadística –dice mi amigo Jaime Olea– es como los bikinis de las muchachas: enseñan mucho, pero ocultan lo esencial. Lo esencial no siempre es evidente, como lo muestra la siguiente verídica historia.

Érase una vez una prestigiada pastelería de Vícam. Uno que se la daba de líder, apodado la Costeña, propuso dejar de medir los pasteles producidos y, mejor, garantizar el bienestar a todos los pasteleros. Trabajar es lo que deben hacer, dijo el Caché; lo único que hacemos es trabajar, ¡qué madre!, dijo el Chueco Victorio; por cinco pesos recorro todo el pueblo, dijo el Cucurrucú; que repartan las ganancias de los dueños, propuso el Diablo.

Nerón, personaje que no trabajaba, pero que era muy bueno para el glu-glu, según Pancho Salomón, intervino. Quitando los gastos, y si hubiera justicia, de cada 100 pesos de ingresos nos tocarían $10 a cada uno; pero los dos dueños se embolsan $25 cada uno (50 de cada 100); el administrador, $10; el tesorero, $9; cada uno de los tres vendedores, $7; los dos pasteleros, $5 cada uno.

Así que no seas bruto, Costeña –se encarreró Nerón–, si no cuentas los pasteles que producimos ni cuántos somos, ¿cómo vamos a saber cómo repartir mejor el ingreso?… Ahora sales con que quieres la felicidad y el bienestar del alma. Primero, ese es el negocio de las religiones desde hace milenios, y no lo han logrado. Segundo, si no tienes idea de cómo hacer más pasteles, menos vas a saber lo que necesita el alma de los demás. Y tercero, estás más perdido que la Alicia.

¿La Alicia Cachecuero? –preguntó la Costeña con desconcierto.

No seas incróspito –replica Nerón: la Alicia del País de las Maravillas que, estando perdida, pidió ayuda al gato de Cheshire. El gato, agudo y maloso, le preguntó: ¿De dónde vienes y para dónde quieres ir? No sé, responde Alicia con inocencia. Entonces –contesta el gato– puedes irte para cualquier lado. Si no sabes para dónde quieres ir, da igual un rumbo que otro.

Se me activó el virus en el picadero de Jamaica

Diego Rodríguez Landeros (Mazatlán, 1988), estudió letras hispánicas en la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Programa Jóvenes Creadores del Fonca. Textos suyos se han publicado en medios nacionales y en las antologías Álbum rojo. Narrativa sinaloense de no Ficción (2018) y Ciudades aprehendidas y otros apegos (2019). Es autor de El investigador perverso (2014) y Nadie es tan desvergonzado como desea (2019). EDITORIAL TIERRA ADENTRO.

Además, es miembro del equipo del Vícam Switch donde publicó muchos ensayos antes de ser publicados en otros medios de más caché, como la Revista de la UNAM, Tierra Adentro y el Fondo de Cultura Económica. Éstos dos últimos le publicaron su reciente novela DESAGÜE, reseñada también es este sitio.

Me inocularon el virus en Tepito y se activó un año después en el picadero de Jamaica o cómo pude evitar el contagio practicando la permacultura
Pero no solo no comprendí lo que pasaba
sino que me asusté. En ese instante
ocurrieron muchas cosas.

Felisberto Hernández, “Muebles ‘El Canario’”

Todo este círculo vicioso que no se está considerando, hace que se esté preparando otra pandemia.
Silvia Ribeiro en la entrevista “No le echen la culpa al murciélago”.

I
Hoy domingo 22 de marzo fui a trabajar a la chinampa. Sin paga monetaria, claro está: las cosas importantes son otras. Ayer en la noche recibí el mensaje con la invitación del cartógrafo Sebastián: “En metro Taxqueña a las ocho de la mañana”.
Abordar el transporte público en tiempos de pandemia me recordó las veces que he ido a lugares inadecuados y peligrosos, sin verdadera necesidad de hacerlo, por el puro gusto o curiosidad. Como el día en que caminé por la calle Tenochtitlan de Tepito y un chaca que vendía droga me rasguñó el brazo con una jeringa diminuta para inocularme una maldad cuyo nombre, ahora lo sé, es Coronavirus.

Me entusiasmaba ir al punto de encuentro: de todos los tenebrosos y sórdidos paraderos de la ciudad, Taxqueña es el que más amo. Viví durante más de diez años cerca de ahí y aprendí a identificar a cada uno de los indigentes mutilados que se arrastraban entre los charcos aceitosos. Hoy ya no sobrevive ninguno. Todos son nuevos, excepto Doña Piojos, que habla una lengua que no identifico, defeca de pie y probablemente vive en la zona desde tiempos precuauhtémicos.
Cuando llegué, Sebastián y Bere, la documentalista, ya estaban en el andén, besándose. Salimos del metro y en la letra M del paradero abordamos el camión a San Gregorio Atlapulco, Xochimilco. Siete pesos por un camino de aproximadamente una hora, en compañía de más de veinte desconocidos que, igual que nosotros, se zangoloteaban en sus asientos, aparentemente felices, divididos entre la cháchara y la botana del desayuno portátil.

Aunque apenas era la segunda vez que lo hacía, puedo asegurar que platicar con Bere y Sebastián es una delicia. Mientras el camión avanzaba por avenidas que antes eran canales de agua, la charla fluyó por diferentes cauces (el cine del palestino Elia Suleiman, la pertinencia de leer a Xu Lizhi en español pese a las deficiencias lingüísticas de las traducciones, la promesa de poder contemplar la Sierra de Santa Catarina y la península de Iztapalapa desde las chinampas de San Gregorio, etcétera) hasta encallar inevitablemente en el arenoso tema del Coronavirus, específicamente en la dificultad demográfica de conocer con exactitud el número de contagios, la distribución mundial y el índice de mortalidad, seguramente mucho más alto que el consignado en estadísticas públicas.

El cartógrafo habló del famoso mapa realizado en el Centro de Ciencia e Ingeniería de Sistemas (CSSE) de la Universidad Johns Hopkins, y explicó que si uno lo consultaba superficialmente podía llevarse una impresión equivocada acerca de la distribución del virus. La “trampa” o sutileza estaba en el hecho de que hay algunos países (China, Canadá, Estados Unidos, Australia) que presentan muchos puntos rojos, lo cual da la idea de que son las naciones más infectadas del planeta. Eso se debe a que ahí el registro de los contagios se ha hecho por provincias, mientras que otros países solo presentan un punto rojo o peor, mientras que algunos no presentan ninguno. Eso último puede explicarse porque se trata de lugares donde, ya sea por situaciones bélicas, carencias de estructura médica u otras razones, no se ha realizado el cálculo de los contagios.

Al escuchar los argumentos de Sebastián, recordé la ya clásica ponencia de demografía histórica que Woodrow Borah y Sherburne F. Cook publicaron en 1960 con el título “La despoblación del México central en el siglo XVI”, en la cual expusieron los escollos, procedimientos y resultados que se tienen al intentar calcular el índice de mortalidad causada por factores específicos en lugares o épocas que han carecido de datos.
Borah y Cook concluyeron que la población indígena del México central en 1519 era de aproximadamente 25 millones (casi el doble que lo propuesto por otros estudiosos), y que para el año1605 bajó a 1 millón 75 mil, es decir que disminuyó en un 90%. Un cataclismo difícil de imaginar. Como si dentro de 86 años los humanos de los continentes de Asia, América y África murieran y solo quedaran vivos, debilitados, sumidos en crisis civilizatorias profundas, los de Oceanía y Europa. Y lo más impresionante, como si la terrible mortalidad se debiera a las consecuencias de un solo factor, digamos el Coronavirus, el cambio climático o una conquista extraterrestre.
Para llegar a esa conclusión, los investigadores revisaron y desestimaron los criterios demográficos de sus predecesores. También explicaron sus propios criterios. Uno de ellos fue el cotejo escrupuloso de los archivos y documentos novohispanos referentes a los tributos que los indígenas estaban obligados a entregar a la Corona española, los cuales dejan ver un claro descenso de la población originaria durante el siglo XVI. El otro, utilizado para calcular la población prehispánica, fue un criterio de ecohistoria: se “examinó la sedimentación del suelo en el fondo de los valles para identificar la procedencia del material erosionado en los estratos originarios de las laderas montañosas y determinar, por la presencia de tepalcates, otros artefactos y huesos, si la erosión fue ocasionada o no por la agricultura”.

Gracias a esos análisis se descubrió que tanto la deforestación como la erosión agrícolas comenzaron hace 6 mil años y registraron varios picos de intensidad que, como los anillos en el tronco de un árbol, corresponden a lapsos particulares. Los últimos delatan métodos europeos como el arado y la ganadería, mientras que los más antiguos reflejan cultivo con coa, lo cual significa que hubo periodos precortesianos en los que el excesivo aumento de población erosionó fuertemente el suelo, cosa que redundó varias veces en carestía, mortalidad y abandono de ciudades. Según Borah y Cook, la Conquista española pudo haber coincidido con una “situación agrícola madura para el desastre” que, junto con la guerra, el colapso de las estructuras socioeconómicas, la interrupción de los sistemas de producción y distribución de alimentos y las enfermedades europeas convertidas aquí en epidemias, encendió la catástrofe demográfica.
Algo parecido puede verse en el artículo “Sistemas agrícolas y desarrollo del área clave del imperio texcocano”. Ahí Ángel Palerm explica que a finales del siglo XIV, el señorío de Texcoco fue incapaz de lograr la autosuficiencia alimentaria por haber estado asentado en un territorio muy angosto (la ribera lacustre) y porque, a diferencia de los señoríos xochimilcas o chalcas, no podía cultivar chinampas debido a la salinidad del agua. Para impulsar su prurito imperial, colonizó a los recolectores y cazadores chichimecas de la sierra circundante y los obligo a practicar la agricultura. Gobernantes texcocanos como Nezahualcóyotl o Nezahualpilli mandaron arrasar la vegetación de las montañas y construir un impresionante sistema hidráulico de regadío y terrazas que propició el florecimiento económico, cultural y demográfico de su metrópoli, pero que a la larga erosionó toda la franja de la sierra del Acolhuacan comprendida entre los 2500 y los 2750 metros sobre el nivel del mar, preparando un escenario de hambre y muerte.
“Los bosques preceden a los pueblos, los desiertos les siguen”, escribió René de Chateaubriand.

Tras la devastación demográfica de las civilizaciones prehispánicas, los españoles tuvieron en sus manos enormes extensiones de territorio despoblado (de humanos) en las cuales crearon latifundios y desarrollaron la minería, los cultivos extranjeros como la caña de azúcar y la ganadería, actividades que, por sí solas, aumentaron de forma exponencial la erosión del suelo −aunque eso en su momento eso no causó grandes catástrofes porque el índice de población se mantuvo relativamente bajo.
A propósito de erosión novohispana del suelo, en el breve capítulo “El infierno de las ovejas” de su libro Historia de nuestro futuro, Diego Olavarría cuenta cómo en el siglo XVI las estancias ovejeras desertificaron en menos de cien años el otrora idílico Valle del Mezquital, Hidalgo, que pasó de ser un lugar de pingües pastos fértiles, clima suave y rumorosos arroyos, a un páramo pedregoso que solo reverdeció en el siglo XX gracias a la irrigación de jabonosas aguas negras provenientes de la Ciudad de México.
La civilización colonial dejó su estela de desierto y osamentas. La del México moderno ha hecho lo propio, superándose a sí misma y a las anteriores, confirmando su membresía en el club del capitalismo global, quemando con entusiasmo y superstición todo tipo de combustibles y engordando demográficamente a costa de desmontes, fertilizantes químicos, plaguicidas, transgénicos y monstruosos criaderos de animales que dentro de poco nos conducirán a una “situación madura para el desastre” que nos impedirá afrontar cualquier problema imprevisto, por ejemplo las pandemias.

II
Llegamos a San Gregorio y bajamos del autobús. Dije a mis compañeros que desde hacía mucho tiempo deseaba conocer ese lugar, uno de los pueblos de Xochimilco cuyos manantiales fueron entubados en 1908 como parte del más impresionante sistema de abastecimiento, robo y trasvase de agua realizado en el Porfiriato: un moderno acueducto de concreto de 1.5 metros de diámetro que, dotado de pozos, bombas y cientos de chimeneas de ventilación, comienza en la zona chinampera y desemboca, 33 kilómetros después, en una planta de bombeo ubicada en la colonia Condesa de la Ciudad de México, entre las calles Alfonso Reyes, Diagonal Patriotismo y Circuito Interior, frente a una abandonada placita adornada con bustos de compositores mexicanos y una estatua del grillo Cri−Cri. La planta de bombeo se encarga de hacer subir el agua hacia cuatro cisternas de cien metros de diámetro por 15 de alto cada una, ubicadas en la Segunda Sección del Bosque de Chapultepec, muy cerca de donde ahora está el Cárcamo de Dolores, una de las construcciones más significativas de la ciudad, acerca de la cual, por cierto, Juan Pablo Anaya escribió un ensayo estremecedor. Desde esas cisternas, el agua sustraída a Xochimilco abastece a la cada vez más poblada Ciudad de México y, con su fresco afluente, garantiza el funcionamiento de la economía y el Estado.

Durante la Revolución mexicana, los expoliados habitantes de Atlapulco viajaron a San Pablo Oztotepec, en Milpa Alta, donde Emiliano Zapata y los suyos tenían un cuartel protegido por las cañadas del volcán Teuhtli. Se quejaron del robo de agua del que eran víctimas por parte del gobierno. Sin dudarlo, la junta marcial del Ejército Libertador del Sur dispuso que un comando armado interrumpiera los caudales de agua, cosa que obviamente enardeció a los gobiernos de Victoriano Huerta y Venustiano Carranza. Al final, el paradigma hidráulico de trasvase a la ciudad y paulatina desecación de la zona chinampera se impuso: sigue funcionando hasta nuestros días, contrapunteado por la lucha y resistencia de los xochimilcas.
La fiesta patronal de San Gregorio comenzó el 12 de marzo y terminó hoy mismo, tras diez días de derroche y convivencia. En el centro del pueblo había juegos mecánicos, un escenario con equipo de sonido, puestos de pan de feria, basura de baile cervecero mezclada con residuos de pirotecnia. Nada que indicara cuarentena. Caminamos entre bicitaxis, camionetas, motos, niños, ancianos, perros y gente que comía tamales en las esquinas. Mis amigos me platicaban de los destrozos que ahí se sufrieron por el terremoto del 19 de septiembre de 2017. Ambos participaron en las brigadas de voluntarios que ayudaron en la demolición de construcciones colapsadas, distribución de víveres y organización de albergues. “¿Ves esa casa donde ahora está la tienda? La tuvimos que tumbar”, dijo la documentalista.
En la avenida Belisario Domínguez giramos a la derecha y luego a la izquierda. El paisaje cambió por completo. Caminamos sobre calles de tierra, entre casas con patios abiertos, perros y, creo recordar, algunas vacas negras. Cien metros adelante, más allá de las últimas construcciones, iniciaban las chinampas: un abierto, reticular y espacioso laberinto de mariposas, ahuejotes, canales, huertos de lavanda, canoas hundidas, flores, abejas, hinojo, nopales, chilacayotes, lechugas, repollos, acelgas, tomillo, romero y tierra fina que, volando, ingrávida, se levantaba a nuestros pasos, como una bienvenida. Mucho sol. Cielo azul. Murmullo de agua. Aves. Esporádicas personas semiocultas entre hojas verdes: oníricas.

Un par de veces tomamos senderos equivocados hasta que por fin dimos con la chinampa de la banda. Ahí, escuchando la música norteña que como el canto de un fruto fantástico o de un cenzontle robótico sonaba en una bocina colgada de la rama de un árbol, laboraban desde hacía algunas horas Sari, Dante, Fer, Don Juan y Pedro, a quienes yo veía por primera vez. Como se ha hecho desde tiempos inmemoriales, sacaban limo fértil del fondo del canal, lo subían a la chinampa y lo vaciaban en el almácigo o chapín, un rectángulo de aproximadamente 4 x 1.5 metros de área y diez centímetros de profundidad. A nosotros nos encomendaron trabajar en otro almácigo que se encontraba en una fase muy posterior de cultivo. Nuestra tarea fue separar brotes de chile chicuarote para después sembrarlos en un espacio donde sus raíces pudieran extenderse. Algo relativamente sencillo porque, como supe después, gracias a la cuadrícula realizada en el lodo fresco del almácigo, cuando las semillas germinan y crecen pueden tomarse, con su pedacito de tierra mucho más seca que al principio, como si fueran rebanadas de brownie de chocolate.
En la chorcha del trabajo estuvimos más o menos tres horas, bajo el sol. Cuando terminaron de vaciar el lodo y de aplanarlo con la hoja de un machete, fuimos a comer al pueblo. Poco a poco fui captando las particularidades de los compañeros. En sus rostros, incluso en los de don Juan y Pedro, que tienen más de cincuenta años, descubrí gestos infantiles, brillos y rescoldos.
Sari es −aunque ella misma se niegue a aceptarlo− la líder de la pandilla, conocedora de las técnicas, una especie de súper heroína. Su cara, con aretes en cejas y nariz, es una mezcla de sonrisa y crispación asoleada.

Dante es rojo, pecoso, barbado, ojos de hacker, voz suave y quebrada en risa. Se mueve con certeza y conoce, además de la chinampa, ciertos cultivos mágicos de California.
Don Juan, el más viejo de todos, tiene una preciosa cara de barro pulido y moteado. Su voz es un hilo dosificado cuidadosamente. Labios y ojos húmedos, felices. Nació ahí.
Fer es una ciclista tatuada, pequeña y de voz cinética a quien yo, intrigado, había visto durante meses en la biblioteca de la UNAM. Me alegró poder conocerla en la chinampa.
Pedro es un nahual anfibio capaz de respirar en el trabajo y en el juego, el estado de alerta y la suavidad. Moreno, afilado, campesino, bromista, reconfortantemente pedagógico.
En un patio, con un pequeño molino, dos señoras se encargaban de la nixtamalización de la masa con la que preparaban las garnachas más sabrosas que he probado. Entre todos bebimos diez caguamas, comimos un montón de gorditas de chicharrón y nopal, tlacoyos de requesón y frijol, sopes, quesadillas de hongo y huitlacoche. Entrechocamos los vasitos desechables de plástico con nuestras manos de uñas negras de tierra. Elogiamos la salsa roja. Para llegar al baño se tenía que atravesar un pasillo en el que había un gallinero donde vi, dispuestas como las viñetas de un cómic, jaulas para aves de todas las edades, lo cual daba al conjunto el sentido de una fábula existencial con sus hitos de reproducción, gestación, crecimiento, sexualidad y muerte.
Como una clepsidra, el último chorro de la décima caguama marcó la hora de pagar lo justo por la comida y la bebida: un precio desconcertantemente barato si se compara con las cartas de los restaurantes de la ciudad.
Cuando regresamos a la chinampa, el sol ya había evaporado el exceso de agua en los almácigos. Con un machete había que hacer una retícula de cuadrados cuyos lados midieran más o menos cinco centímetros. Luego, en cada cuadrado, hacer un hoyito con el dedo: el receptáculo de las semillas.
Las semillas de maíz parecen los dientes de una calaca adulta y van tres en cada hoyo: “una pa’ la ardilla, una pa´l ave y otra pa´l humano”. En esa ocasión el maíz sembrado fue rojo: cortesía de Damián, un amigo que tiene una milpa y a quien, curiosamente, todos conocíamos, pero que no había podido ir porque su roomiees un portugués que acababa de llegar a México y ambos estaban en cuarentena.
También sembramos cebolla, girasol y chile chicuarote.
Aquello era como un juego de mesa compartido o un coito a muchas manos con la tierra.

Cuando todos los hoyitos tuvieron sus semillas, los almácigos adquirieron el aspecto de una maqueta no realista de la zona chinampera. Entonces llegó el momento de cubrirlos con estiércol seco de vaca y de lograr una superficie homogénea con ayuda de un puñado de pasto utilizado como escoba.
Creo que después de ese paso seguía otro, consistente en cubrirlos otra vez con una malla, pero no pude verlo porque caía la tarde y aún faltaba ir a la otra chinampa a cosechar acelga, de modo que Pedro y Dante lo hicieron mientras los demás nos fuimos. Durante el camino masticamos hojas tiernas de perejil. Sabían dulces.

Las acelgas estaban en la última chinampa antes de la laguna, el cuerpo de agua donde los patos se preparaban para pasar la noche. Desde ahí, como había dicho el cartógrafo, se tenía una vista inmejorable de la Península de Iztapalapa, el Cerro de la Estrella y la Sierra de Santa Catarina, paraje volcánico donde el Doctor Atl proyectó construir, entre cráteres y laderas, una ciudad utópica para artistas, filósofos y científicos que se llamaría Olinka.
Con ese paisaje de fondo, nos dedicamos a arrancar las hojas más bellas y de tallos más fuertes. Gracias a que en la chinampa no se utiliza ningún pesticida industrial, pude ver muchas catarinas entre las plantas, mansas como vaquitas rojas. Arriba, el sol se ocultaba y el cielo ardía, mientras las cosas sobre la tierra ganaban sombra. Naciones de zancudos removieron el aire, agrisándolo. La dentadura de Pedro brillaba. Sari amarraba manojos de acelgas. A contraluz del crepúsculo, un hombre en canoa hundía la pértiga en el agua. Ecos de chapoteo. En un momento de silencio, Sebastián corrió hacia Bere, la tomó entre sus brazos, la hizo reír y le dio un beso largo, correspondido y abierto, sin condiciones ni miedos. Al contemplar la escena, y sobre todo al ser conscientes de formar parte de ella, cada uno de los demás dedicó un instante para pensar en el amor. Solo entonces pudo caer la noche.

III

Por fortuna la hermana de Sari y su novio fueron a San Gregorio en una camioneta y nos dieron un aventón de regreso a la ciudad, a nuestras casas.
Llegué a las nueve de la noche, saludé a mi hermano y tomé una ducha. El plan era cenar con él, fumar un porro y ver una película hasta quedarme dormido, pero la hierba se había acabado. Decidimos ir en su moto al picadero de Jamaica, el punto de distribución más cercano a nuestro hogar −o al menos eso creemos: uno nunca sabe con los vecinos.
Ese lugar siempre ha sido malvibroso, pero antes, cuando menos, uno se paraba en la esquina, detrás del puesto de flores (traídas, obviamente, de Xochimilco), y esperaba a que algún vago se ofreciera a meterse a la vecindad −una verdadera cueva de lobo− y salir con un paquete de mota a cambio de una modesta propina. Sin embargo, desde hace algunos meses, unos mafiosillos altaneros interrogan a los clientes acerca de su procedencia y luego los obligan a pasar, lo cual, a mí en lo personal, me pone los pelos de punta.

En el patio de la vecindad hay patos domesticados en lugar de perros, como una suerte de nostalgia por el pasado lacustre de la zona: a pocos metros de ahí pasaba hace menos de un siglo el Canal de la Viga. Uno de ellos tiene el pico destrozado, como si le hubieran dado un martillazo, accidente que no le impide graznar. A cada paso que uno da, es necesario dar gracias por aún no haber sido apuñalado o balaceado. Una mujer joven salió de un rincón y nos interceptó.
−¿Y ustedes quiénes son y qué quieren? −preguntó, amenazante, mientras le chiflaba a un sujeto para que la apoyara en su cada vez más intimidante misión de vigilancia o halconería. Estuve a punto de decirle, suplicante y ridículo, que solo deseábamos conseguir un poco de inofensiva marihuana, pero mi hermano tomó el control de la situación.

Cuando salimos de ahí, no paré de repetir que éramos unos tontos por no cultivar nuestra propia hierba. Imaginé sembrarla en chapín.
En casa, preparamos rápidamente la cena: acelgas frescas de San Gregorio con pollo. En el sillón rojo de la sala, mi hermano me pidió escoger lo que veríamos en Netflix. Elegí una película que él no conocía: Monty Python and the Holy Grail(Terry Gilliam y Terry Jones, 1975), la representación de la Edad Media más aguda y graciosa de la que tengo noticia. Encendimos el porro. Nos relajamos. Comimos. Vimos al rey Arturo cometer estupideces en nombre del Santo Grial. Comenzamos a reír pero rápidamente comenzó la paranoia. La escena donde un hombre con un carrito de madera atraviesa una aldea infecta y recoge cadáveres de las casas como si se llevara la basura doméstica, me hizo recordar la epidemia de Coronavirus y su número indeterminado de víctimas mortales. A la mitad de la peli, cuando basados en retruécanos inverosímiles y descaradamente idiotas un grupo de hombres busca demostrar que una mujer es una bruja, comencé a sentir frío. Luego a temblar. Fui a mi habitación por una sudadera. Los escalofríos no disminuyeron. Me toqué la frente para descubrir si tenía fiebre. Recordé, no sé por qué, el pico destrozado del pato. Vi la cabeza del martillo cayendo sobre el animal. Vi la maldad. Por dinero, esas mafias distribuyen la muerte entre la población rota. Trabajan para alguien. Los verdaderos jefes de los cárteles son las élites financieras que están al tanto del colapso ambiental del planeta. Saben que solo una drástica disminución demográfica permitirá la sobrevivencia de la especie humana, es decir, su propia sobrevivencia. El 90% de las personas son prescindibles: desempleados, habitantes de países periféricos con problemas de adicciones, asiduos visitantes de picaderos que viven al margen de la ley, gente asquerosa. Una fumigación selectiva, profilaxis con virus. El plan lleva varios años gestándose y opera en diversos frentes. Yo fui inoculado en una etapa bastante previa, cuando el virus solo se transmitía por jeringas. Lo recuerdo bien: fue una tarde, en Tepito. Ni siquiera había ido a comprar droga. Solo paseaba. El tipo me rasguñó con una aguja. La infección permaneció incubada desde entonces hasta ahora, que ha llegado el momento de la activación programada del brote. A mucha gente le llegó la enfermedad por otros caminos, quizá a través de la comida virulenta: ellos también son prescindibles. En mi caso me fue inoculado con anterioridad y luego catalizado con la envenenada mota de Jamaica. Si tan solo hubiéramos cultivado nuestra planta. Las élites sobrevivirán junto con un puñado de trabajadores que consuman basura. Y los cárteles. O no. Los cárteles también morirán y las élites sobrevivientes formarán nuevos esbirros cuando los necesiten. Siempre lo han hecho. Así será.

¿Se acuerda del Pipanora?

Ahora que hay escasez de cerveza por el coronavirus, recordé aquel 31 de diciembre de 1976 en que entró a Vícam un tráiler-pipa con un agujero en el costado por donde salía un chorro de tequila.
El recién designado gobernador de Sonora, Alejandro Carrillo Marcor, había mandado a cerrar las cantinas (prohibición aún vigente) sin percatarse que esos establecimientos le daban fluidez al dinero de la economía de Vícam.
El Banrural (el Bandidal, le decían) administraba las tierras de cultivo y, cuando llegaba la cosecha, los que pertenecían a las sociedades acudían a cobrar las liquidaciones. Al salir del banco se encontraban con los dueños de las tiendas, que por seis meses les habían fiado todo tipo de provisiones. Después estaban los taxistas ya que por entonces no había quien que, trayendo dinero, no tomara un taxi. Ese día tomaban dos: uno para subirse ellos y otro para los músicos. Luego recalaban a las cantinas, donde los cantineros les aplicaban una clásica. Pagaban con 20 pesos una caguama que costaba 2, y les contaban los billetes de un peso: dice uno, dice dos, dice tres, dice cuatro, dice cinco, dice seis, dice siete y dieciocho. ¡Ocho pesos en lugar de los 18! Por la noche, salían los chamacos a bolsear borrachos botados, despojándolos del último dinero que les quedaba. Al día siguiente las familias reiniciaban el ciclo. Eso era entonces, cuando había dinero en las comunidades yaquis…
Ese fue el peor fin de año que se recuerde. La tristeza inundaba al pueblo y un polvo a ras del suelo recorría las calles solitarias… Pero al mediodía del día 31, un gritó alertó a todos: ¡Una pipa estaba tirando tequila en la plaza! La gente salió a las calles cargando todo tipo de recipientes, se hizo una larguísima fila (eso sí, muy ordenada) y, muertos de risa, los viqueños se dispusieron a empezar la fiesta esa Noche de San Silvestre. Todavía el Día de San Valentín se podía ver a uno que otro borracho con pipanora.

El año de la Rana

El Día del Estudiante de 1975 cayó en viernes. Tímido que soy, no participé del entusiasmo porque no bailaba. Salí de la preparatoria y crucé la calle. Pedí una soda en la tienda de doña Rana. Se sentó conmigo y me aconsejó que me fuera a alistar para el baile, pero sin esperar respuesta me contó un retazo de su vida.
Yo fui muy bailadora, me dijo. Hizo una larga pausa y añadió: …y muy puta, mijito.
Doña Rana era la mujer del Rana, al que le llevaba 30 años. Fue novio de la Ranita, hija de doña Rana. Queriendo cumplir la tradición, el Rana, que no tenía madre, le pidió a su padre, don Rana, que fuera a pedir a su novia para casarse.
El día de la cita, don Rana, hombre de esos tiempos, se bañó, se rasuró viéndose en un pedazo de espejo colgado de la testera, y se vistió con sus mejores prendas para acudir al ritual.
La Ranita salió a recibirlos y, cuando la vio, a don Rana se le descuajaringaron los intersticios porque se le metió en las entretelas del corazón. Buscó y encontró un pretexto para mandar al Rana a buscar algo, y cuando el muchacho regresó, ya don Rana había pedido a la Ranita para él.
Aquí doña Rana se enredó en circunloquios y perdí un poco el hilo del relato, pero el caso es que días después, el padre del Rana y su novia, contrajeron matrimonio con una fiesta amenizada por el grupo Los Guaguay’s de Lalo Amarillas.
El Rana también se extravió. Parecía un loco. Se emborrachaba hasta perderse. Una tarde, cayéndosele la baba, llegó a la casa de doña Rana. La mujer vio aquella piltrafa humana y se compadeció de él (eso me dijo). Lo bañó, lo rasuró y le dio de comer. Luego, en un catre, durmió catorce horas seguidas. Cuando despertó, doña Rana andaba en la cocina cantando y cocinando. Mientras el Rana engullía el generoso desayuno, doña Rana me dijo que le dijo: no tiene caso que te desperdicies; mejor te voy a agarrar de marido. Ese día el Rana se quedó a vivir allí…
¿Cómo la ves mijito? –me dijo como despedida, soltando una risotada–; mejor vete a divertir y que a la gente le valga verga cómo bailas.

El coloquio de los perros

Viendo la abundante estulticia y la profusa sinrazón del páramo lingüístico que domina la discusión pública, recordé “El siete machos”, una película de Cantinflas donde el bandido (uno de los dos personajes de Mario Moreno) contesta con “Yo quiero a mi Chole” a todo lo que se le pregunta y se le dice.
Cosas de los tiempos de pandemia: a falta de vagancia física, la mente divaga sin asideros. Así que fui a dar con El Coloquio de los Perros, cuentecillo de Miguel de Cervantes Saavedra en la que dos canes callejeros, Berganza y Cipión, tienen un curioso diálogo. Estos son los primeros tres párrafos de ese chusco relato:

BERGANZA.- Cipión hermano, óyote hablar y sé que te hablo, y no puedo creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de naturaleza.
CIPIÓN.- Así es la verdad, Berganza; y viene a ser mayor este milagro en que no solamente hablamos, sino en que hablamos con discurso, como si fuéramos capaces de razón, estando tan sin ella que la diferencia que hay del animal bruto al hombre es ser el hombre animal racional, y el bruto, irracional.
BERGANZA.- Todo lo que dices, Cipión, entiendo, y el decirlo tú y entenderlo yo me causa nueva admiración y nueva maravilla…

¡Ah, que los López!

En el video, Célida López Cárdenas, la Presidente Municipal de Hermosillo, canta una cancioncita cuyo tema es la amenaza. La doña canta feo, pero dice con claridad “quédate en casa o te voy a multar”.
Entiendo que estamos en tiempos de pandemia y que todos debemos contribuir a detener el contagio, pero aprovechar la recta para abusar, extorsionar y violar la Constitución, es otra cosa.
La verdad, hay que decirlo, la Célida viene de esa, digamos, “tradición” de los políticos recaudadores que llevó a Alejandro López Caballero (2012 a 2015) a elucubrar un madruguete a la ciudadanía: cambió por la madrugada, entre la Colosio y la Navarrete, los indicadores de la Reforma que decían 60kms/ha por unos que dijeran 20kms/ha. Esa mañana, cientos de ciudadanos cayeron en la trampa y fueron multados o extorsionados por policías ocultos en los árboles con pistolas de velocidad. Como todo robo, rápidamente regresaron los señalamientos anteriores.
Si doña Célida necesita dinero, que le llame a su amigo, el presidente López Obrador, que le prometió 500 millones de pesos.
Los retenes no pueden ser más que disuasivos (invitar a la gente a que se

Las Putas

En 1528, Francisco Delgado (o Delicado, que en eso no hay consenso), escribió El Retrato de la Lozana Andaluza, novela sobre una prostituta que llega a Roma en busca de “un vivir honesto” (es decir, como puta) y le pregunta a un valijero sobre el estado del negocio, y éste la da la información.
“Quizá en Roma no podrías encontrar un hombre que mejor sepa el modo de cuantas putas hay. Mira, hay putas graciosas más que hermosas, y putas que son putas antes que muchachas; hay putas apasionadas, putas entregadas; putas esclarecidas, putas reputadas y re-probadas; hay putas nocturnas y diurnas, putas de cintura y de marca mayor; hay putas abigarradas, putas combatidas, vencidas y no acabadas; putas devotas, putas convertidas, arrepentidas, putas viejas, putas porfiadas que siempre tienen quince años; hay putas calladas, putas de subientes y descendientes, putas aguzadas, putas aseadas, apuradas, gloriosas; putas buenas y putas malas y malas putas; putas secretas y públicas; putas jubiladas, putas beatas y beatas putas, alcahuetas y putas modernas.”
¡Que gremio tan parecido al de los políticos!, pensé no sin mala leche. Luego, busqué mentalmente a alguno que no entrara en esa clasificación, y no encontré ninguna excepción.

“La casa blanca” de AMLO y Bartlett

Si un contratista del gobierno hace un regalo, una casa blanca, para más señas, a la esposa del presidente ¿Es un delito? Me parece que no, pero sí es un conflicto de interés. El presidente López Obrador lo aclaró con precisión: “no es ilegal, dijo, pero es inmoral”.

Dice el sabio dicho popular que “uno es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras”. Porque uno puede preguntar: Si alguien se beneficia de contratos de asignación directa, pero es hijo de un alto funcionario del gobierno ¿Es un delito? Al parecer no es ilegal, pero es inmoral.

Porque el que se benefició de los contratos se llama Manuel Bartlett Álvarez y es hijo de Manuel Bartlett Días, director de la CFE.

Por cierto, a Bartlett se le descubrieron propiedades por 800 millones de pesos que, para juntarlos, siendo burócrata toda su vida , tuvo que haber ganado, sin haber gastado ni un centavo, más de un millón de pesos mensuales. Por esta, digamos “inmoralidad”, ya lo exoneró Eréndira Sandoval, la secretaria de la función pública, haciéndola del Virgilio Andrade de Peña Nieto. Ahora seguramente está en marcha la exoneración del hijo…

Extravío en Soriana

Miren nada más cómo anda extraviada la moral, la ética y hasta la brújula de los supuestos luchadores sociales que se organizaron en Morena con el objetivo (puras simulaciones) de acabar con la injusticia.
Vi en Facebook una publicación de un fanático de AMLO. Decía la publicación (con muchas faltas de ortografía, por cierto) que el dueño de Soriana se había unido a un frente que quiere “derrocar” a AMLO. Luego, hacía un llamado a no comprar en Soriana.
Primero, si un ciudadano (incluyendo al dueño de Soriana) le da la gana de unirse a otros para hacer salir a AMLO de la presidencia, está en su legítimo derecho. Que los fanáticos le llamen “derrocador” o “golpista”, es aparte. Segundo, la publicación parece sugerir que el 100% de los ciudadanos deben estar conformes con AMLO en la presidencia. (¡Ni Stalin, con su Gulag y su Siberia, logró tal unanimidad!), y si no estás de acuerdo con él, aunque sea poquito, pues eres “golpista” y “derrocador”.
Y luego me puse a pensar (no estoy presumiendo). Esta gente, los fanáticos, se erizan si alguien ve hasta el mínimo defecto en su presidente, pero que el dueño de Soriana explote cruelmente a sus trabajadores, los tiene sin cuidado.
No importaría que se conformaran (como se conforman) con remozar al neoliberalismo (que es lo que están haciendo), pero por lo menos deberían de fijarse que las cajeras de Soriana se pasan ocho horas paradas, muertas de cansancio, con los pies adoloridos, porque tiene prohibido sentarse. No tienen ni siquiera un banco. Esos sufrimientos son como el de los pollos de engorda, pero a ellos no les importa; sólo quieren endiosar a su líder, como si fueran coreanos adorando a Kim Ill Sung, a su hijo Kim Jong Ill y a nieto Kim Jung Un.

El sermón de la montaña

En el Sermón de la Montaña (Mateo, 5) Jesús dice a sus seguidores: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados… Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.
A los bienaventurados que luchan por justicia y paz, podríamos agregar (dos mil años después) a los que luchan por conservar el planeta, establecer una relación armónica entre la vida social y la naturaleza y los que buscan un desarrollo que pueda llamarse realmente humano: libre de explotación, discriminación, segregación, humillación y pobreza.
Como un pequeño avance en ese sentido, resumo la propuesta de un numeroso grupo de científicos y académicos de Holanda (https://bit.ly/3cA46Jv):
1. Abandonar el crecimiento del PIB como medida central y dividir las actividades entre las que deben crecer (educación, salud, energía limpia, entre muchas otras) y las que deben decrecer (petróleo, gas, minería, publicidad, entre otras).
2. Establecer un ingreso básico universal y una política social redistributiva (sistema de impuestos progresivos, reducción de las jornadas de trabajo, etc.).
3. Impulsar la agricultura regenerativa basada en la conservación de la biodiversidad, en la producción local sustentable y mayormente vegetariana.
4. Reducción drástica del consumo y del consumismo.
5. Cancelación de las deudas a nivel mundial de trabajadores, propietarios de pequeños negocios y de los países pobres.

Pequeño Maquiavelo Ilustrado

Los ataques de A a B y de B a A se deben a que A está en el poder y quiere conservarlo, y B está en la oposición y quiere recuperarlo.

SI EL SISTEMA ES DEMOCRÁTICO:

A debe hablar de B haciendo referencia a su ideología como si fuera un insulto y como si fuera un traidor al pueblo y a la patria.

A no debe reconocer absolutamente nada bueno a B.

B debe decir que A está haciendo todo mal, que no sabe gobernar, que traicionó lo que prometió y que si sigue adelante, llevará al país a la ruina.

B no debe reconocer absolutamente nada bueno a A…

SI EL SISTEMA ES AUTORITARIO:

A debe matar a B o, por lo menos, meterlo a la cárcel.

B debe salir del país lo más rápido que se pueda.

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