Felipe (el Güilo) Gámez incubó en su alma, debido a la pobreza, un odio instintivo contra la burguesía. En su casa, alimentar a los 17 hermanos era tan difícil que cuando alguno decía que tenía hambre, su papá exclamaba jubiloso: ¡Felicidades, eso significa que estás vivo!

Gente desprendida del consumismo y de los bienes materiales, la familia era alegre. Festejaban cualquier cosa con los vecinos: el Chango Fidel, el Chango Willy, el Chango Ortíz, el Chango Alamea, la Chayo Changa, el Lobo, el Gallo y el Perico… El barrio se llama La Jungla.

Se fue de Vícam para estudiar en la UNAM. Cuando tuvo en sus manos la credencial de estudiante exclamó: ¡ya chingué! Luego se fue a Tlalnepantla para conocer al proletariado. Allá se pasaba los días ilustrando a las bandas juveniles sobre la lucha de clases y la misión histórica del proletariado. Reprobó todas las materias, pero la culpa –decía– la tenía el capitalismo.

Con el instinto agudizado por el hambre, dio con los Hare Krishna, secta hinduista y adinerada que predica el sacrificio. Todos los días hacían oración y, al terminar, tenían un banquete … El Güilo iba al banquete, pero la oración era el precio que tenía que pagar.

Se iba poniendo cada vez más místico y empezó a revolver el marxismo con la prédica del fundador de la secta, Bhaktivedanta Swami Prabhupada, que decía que los dioses brahmanes reencarnaban en Krishna para reparar la injusticia, proteger a los virtuosos y castigar a los corruptos.

Un día nos sorprendió. Tengo que hacer un sacrificio –dijo muy serio– y ya sé cuál es: le voy a pedir a Dios que me castigue por hablar tan mal de los burgueses y que me convierta en uno de ellos.

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