El maltrato a los profesores es muy común en las universidades privadas. Sueldos miserables, condiciones inhumanas, inestabilidad laboral, contratos que terminan cuando empiezan las vacaciones, alumnos burros y prepotentes… Lo sé porque yo trabajé en una universidad así en Tijuana y si no ha sido por mi buena suerte, me hubieran tratado muy mal.

Corrí a dos alumnos irrespetuosos de mi clase, y el caso llegó al rector, un sacerdote de muy finas maneras, que me puso las cosas en claro: que reconsiderara mi decisión porque le gustaría mucho que yo permaneciera en la planta de profesores. Tomé nota de la amenaza.

El destino me llevó a uno de esos barrios sin gracia del sur de la ciudad. Iba caminando por la maltrecha banqueta cuando un automóvil me tapó el paso al salir de un motel un tanto arrabalero. Mi sorpresa fue grande al ver que el conductor era el señor rector acompañado de una doña de bastante buen ver. Mayor fue mi alegría al ver que él también me había visto.

El lunes me apersoné en su oficina, tuvimos una breve y cordial conversación en la que le hice saber mi decisión: esos alumnos –le dije– no regresan a mi clase.

¡Señor profesor –me dijo el padrecito–, en el salón de clases usted es la autoridad! Allí quedó zanjado el diferendo gracias a la Divina Providencia que me puso en el camino del Señor Cura en el lugar y en el momento justos. Y no pedí aumento de sueldo nada más porque no soy abusivo.

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